10 May 2018

BY: Antonio

En un mundo basado en la mente, sentir nos da miedo. Numerosas convenciones sociales nos alejan de sentir o lo condenan.

Sentir es un estado profundo del alma, tiene que ver con la vida, la capacidad de experimentar, de comunicar de modo real,…

Lo que piensas de alguna cuestión puede serme útil, lo que has vivido y sentido puede ayudarme mucho más. Entonces, ¿por qué rechazamos y condenamos el sentir? Quizá porque cuando estamos en las sensaciones el pensamiento cesa. Sentir es un estado natural de meditación.

Un modo de alejarnos del sentir es la sensiblería, diferente de la sensibilidad, en la que la mente toma el control de lo que deberíamos sentir, sin dejarnos experimentarlo. A modo de ejemplo: la mente nos dice cuando comer, porque es la hora,…, sin que hayamos experimentado ninguna sensación de hambre. Comemos sin saborear, sin tomar conciencia y disfrutar el momento, para llenar la insatisfacción de la mente, calmar la ansiedad,…, aunque luego tengamos una digestión difícil.

Sentir es reconocernos, reconocer nuestras sensaciones, nuestras necesidades, nuestros rechazos, lo que nos gusta y lo que no. Es reconocer a otras personas, tratar de descubrirlas en lugar de juzgarlas. Es experimentar cada momento, experimentar la vida en lugar de establecer normas sobre cómo se debería vivir.

La mente es un instrumento de la conciencia, una conciencia que necesita experimentar para valorar adecuadamente, que no puede quedarse en teorías respecto a la vida mientras se niega a vivir, mientras sueña que vive y tiene miedo de despertar.

¿Nuestros miedos nos dejan vivir? ¿Miramos la vida desde la ventana sin atrevernos a experimentar la brisa, el tacto de la hierba, una sonrisa, un abrazo, una caricia, un beso,…? ¿Podemos quedarnos observando cómo viven los demás, tratando de adivinar lo que sienten, elaborando teorías sobre lo que tendrían que hacer,…, sin vivir la experiencia personalmente?

Muchas veces a lo largo de nuestra “vida” es lo que hacemos. Aprendemos “cómo es la vida” por lo que alguien nos dijo y, si ese alguien escuchó que otro se había metido en el mar sintiendo el agua muy fría, no nos acercamos a la playa para no enfriarnos aunque sea pleno verano; sin pensar que tal vez fuera invierno cuando aquel “valiente” lo intentó, y decimos a todo aquel que nos quiera oír: no te mojes en el mar o te resfriarás.

Sentir es amar y amarse, pues cuando experimentas y puedes elegir esa es la sensación más deseable.

Un abrazo lleno de sensaciones.

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